La joven iba por la margen izquierda
del río Nervión. Ella, como todos los que padecían su misma situación, clamaba por
una migaja de pan. Desde que nacieron, los niños de su generación cargan la cruz, el estigma de años y años de odio. Odio entre hermanos. ¿Por
qué? si todos somos hijos del mismo Padre… Pero, parece que
Dios se hubiera ensañado contra nosotros. Son los niños del mundo nacidos
sin suerte, con el gesto amargo y las cicatrices en su piel. Tienen ese
sentimiento de ebriedad permanente, que solo la desesperanza y el no futuro
pueden otorgar. Su mayor maldición, es a la vez, su gran libertad.
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