viernes, 17 de marzo de 2017

Maria Fernanda Serna, Monica Gutierrez y Juan Manuel Gil



Seis de la mañana. Mirándome nuevamente en un espejo roto, me puedo dar cuenta de las marcas que han dejado en mi cara, tantas noches de desvelo. Hoy seguiremos cruzando la ciudad, tratando de salvar a los refugiados. Veo dormir a todos los del grupo. Encontrando algo de paz en su dormitar, esa paz, que no pueden tener cuando están despiertos. Abandonándose a ellos mismos, tratando de escapar de esta realidad que se ha vuelto tan abrumadora. 

Dormir… pero para siempre. Sin nada a que aferrarnos; sin Dios, sin patria, sin padres. Ellos como yo, quisiéramos a veces, derrumbarnos a la desesperanza. Pero todo cambiaría esa tarde, cuando conocí a Adelé. Una morena alta, brillante en todos los sentidos; con su pelo de diferentes tonalidades. La esperanza de la que nos aferraríamos los refugiados. La mujer que nos daría de nuevo las ganas de volver a resurgir.

Adelé, mujer orgullosa del color de su piel, de sus creencias y sus tradiciones, proviene de uno de los clanes más influyentes e importantes de la margen izquierda del rio Nervión. El padre de Adelé, con ideología separatista y radical a morir, es líder del clan Mursi, una de las familias fundadoras y más importantes de nuestro pueblo. Adelé, que al contrario de su padre es pacifista y de espíritu humanista como su madre, nunca estuvo de acuerdo con el rumbo que tomo la revolución de nuestro pueblo; y sobre todo de las injusticias que su padre cometió.  

Atormentada por los recuerdos de una brutal infancia al lado de su progenitor y asqueada de las injusticias de este; entre las que se encontraba el asesinato de mis padres. Adelé decide buscar la paz que desde siempre le fue negada a su generación. Armada de valor toma la decisión de ayudar a los más débiles, en busca de un mejor porvenir, para proteger el legado que su madre le inculco.

Adelé, mujer irreverente y contestataria, fiel creyente que el arte es la única herramienta que le permite al hombre enaltecer su alma. Era un estandarte, su pelo radiante de colores chillones, su forma de vestir, de moverse y de expresarse; se revelaban contra la tristeza y el dolor que invadían nuestro pueblo a causa de la guerra. En fin Adelé nos ofrecía una luz, nos brindaba algo a que aferrarnos. Nunca pasaría desapercibida y más aún en un lugar, donde todo lo que nos acostumbramos a ver de día y de noche fue llanto, dolor y muerte.

Pero lastimosamente no todos tenemos un espíritu tan fuerte como el de Adelé. Carla que a diferencia de esta, creció en una humilde familia como la mayoría de hogares de la margen izquierda del rio Nervión. Desde muy pequeña sus padres le inculcaron el respeto y la tolerancia; además, sembraron en ella un gran amor por la literatura. Pero está, a diferencia de Adelé, tenía muy en el fondo una herencia maldita que le recorría las venas. Su pasado volvía a recobrar fuerza una y otra vez a lo largo de su juventud. 

Carla vivía una guerra consigo mismo, cargaba un estigma en su cuerpo. Al tener que presenciar día y noche las atrocidades de la guerra, algo empezó a cambiar en su interior. Un deseo dañino y pérfido. Fijo su atención hacia el caos. ¿Que era esta fascinación por la muerte? ¿Esta excitación por la sangre? ¿Esta euforia? Sus pupilas se dilataban al ver las crueldades de la guerra, su piel se erizaba con el llanto ajeno, su corazón se aceleraba al ver el sufrimiento de sus semejantes. ¿Era correcto sentirse así por dentro? Se preguntaba Carla. ¿Placer por todo este caos? ¿Por qué? Así era y tenía que admitirlo; se sentía bien ante tanta crueldad.

Desde muy pequeña, Carla se sintió extranjera en su hogar. El gen maldito que siempre llevo en su sangre fue más fuerte que el amor que sus padres le dieron. Ese otro yo, ese pasajero que estaba allí dentro de ella, ese estigma en su interior fue lo que siempre la separo de sus padres.

Y al no ser capaz de aguantar más. Al tener que satisfacer ese animal que se la comía por dentro, cayó en la locura. La misma que rodeaba a todos aquellos insurgentes que tanto dolor dejaban a su paso. Provocó que se fuera en contra de su propio pueblo, tenía que satisfacer sus demonios. Los libros que le regalo su padre y el amor por la literatura, quedaron en el olvido. Marchitos quedaron los recuerdos al lado de él, pescando; buscando el sustento para el diario vivir.  

Una blanca y una negra. Adelé y Carla. En sus almas, una refleja a la otra. Una, vida y otra, muerte. Caín y Abel o Abel y Caín. Una nuestra salvadora, la otra nuestro verdugo. Mis dos hermanas de raza, se encaminaban hacia una disputa por hacer valer sus ideales, lo cual acabaría en convertir a la margen izquierda del rio Nervión en el infierno más horroroso sobre la tierra.



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