Seis
de la mañana. Mirándome nuevamente en un espejo roto, me puedo dar cuenta de
las marcas que han dejado en mi cara, tantas noches de desvelo. Hoy seguiremos
cruzando la ciudad, tratando de salvar a los refugiados. Veo dormir a todos los
del grupo. Encontrando algo de paz en su dormitar, esa paz, que no pueden tener
cuando están despiertos. Abandonándose a ellos mismos, tratando de escapar de
esta realidad que se ha vuelto tan abrumadora.
Dormir…
pero para siempre. Sin nada a que aferrarnos; sin Dios, sin patria, sin padres.
Ellos como yo, quisiéramos a veces, derrumbarnos a la desesperanza. Pero todo
cambiaría esa tarde, cuando conocí a Adelé.
Una morena alta, brillante en todos los sentidos; con su pelo de diferentes
tonalidades. La esperanza de la que nos aferraríamos los refugiados. La mujer que
nos daría de nuevo las ganas de volver a resurgir.
Adelé,
mujer orgullosa del color de su piel, de sus creencias y sus tradiciones,
proviene de uno de los clanes más influyentes e importantes de la margen
izquierda del rio Nervión. El padre de Adelé, con ideología separatista y
radical a morir, es líder del clan Mursi, una de las familias fundadoras y más
importantes de nuestro pueblo. Adelé, que al contrario de su padre es pacifista
y de espíritu humanista como su madre, nunca estuvo de acuerdo con el rumbo que
tomo la revolución de nuestro pueblo; y sobre todo de las injusticias que su
padre cometió.
Atormentada
por los recuerdos de una brutal infancia al lado de su progenitor y asqueada de
las injusticias de este; entre las que se encontraba el asesinato de mis
padres. Adelé decide buscar la paz que desde siempre le fue negada a su
generación. Armada de valor toma la decisión de ayudar a los más débiles, en
busca de un mejor porvenir, para proteger el legado que su madre le inculco.
Adelé,
mujer irreverente y contestataria, fiel creyente que el arte es la única
herramienta que le permite al hombre enaltecer su alma. Era un estandarte, su
pelo radiante de colores chillones, su forma de vestir, de moverse y de
expresarse; se revelaban contra la tristeza y el dolor que invadían nuestro
pueblo a causa de la guerra. En fin Adelé nos ofrecía una luz, nos brindaba
algo a que aferrarnos. Nunca pasaría desapercibida y más aún en un lugar,
donde todo lo que nos acostumbramos a ver de día y de noche fue llanto, dolor y
muerte.
Pero
lastimosamente no todos tenemos un espíritu tan fuerte como el de Adelé. Carla que
a diferencia de esta, creció en una humilde familia como la mayoría de hogares
de la margen izquierda del rio Nervión. Desde muy pequeña sus padres le
inculcaron el respeto y la tolerancia; además, sembraron en ella un gran amor
por la literatura. Pero está, a diferencia de Adelé, tenía muy en el fondo una
herencia maldita que le recorría las venas. Su pasado volvía a recobrar fuerza
una y otra vez a lo largo de su juventud.
Carla
vivía una guerra consigo mismo, cargaba un estigma en su cuerpo. Al tener que
presenciar día y noche las atrocidades de la guerra, algo empezó a cambiar en
su interior. Un deseo dañino y pérfido. Fijo su atención hacia el
caos. ¿Que era esta fascinación por la muerte? ¿Esta excitación por la
sangre? ¿Esta euforia? Sus pupilas se dilataban al ver las crueldades de la
guerra, su piel se erizaba con el llanto ajeno, su corazón se aceleraba al ver
el sufrimiento de sus semejantes. ¿Era correcto sentirse así por dentro? Se
preguntaba Carla. ¿Placer por todo este caos? ¿Por qué? Así era y tenía que
admitirlo; se sentía bien ante tanta crueldad.
Desde
muy pequeña, Carla se sintió extranjera en su hogar. El gen maldito que siempre
llevo en su sangre fue más fuerte que el amor que sus padres le dieron. Ese
otro yo, ese pasajero que estaba allí dentro de ella, ese estigma en su
interior fue lo que siempre la separo de sus padres.
Y
al no ser capaz de aguantar más. Al tener que satisfacer ese animal que se la
comía por dentro, cayó en la locura. La misma que rodeaba a todos aquellos
insurgentes que tanto dolor dejaban a su paso. Provocó que se fuera en contra
de su propio pueblo, tenía que satisfacer sus demonios. Los libros que le
regalo su padre y el amor por la literatura, quedaron en el olvido. Marchitos
quedaron los recuerdos al lado de él, pescando; buscando el sustento para el
diario vivir.
Una
blanca y una negra. Adelé y Carla. En sus almas, una refleja a la otra. Una,
vida y otra, muerte. Caín y Abel o Abel y Caín. Una nuestra salvadora, la otra
nuestro verdugo. Mis dos hermanas de raza, se encaminaban hacia una disputa por
hacer valer sus ideales, lo cual acabaría en convertir a la margen izquierda
del rio Nervión en el infierno más horroroso sobre la tierra.
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