Seis de la mañana. Mirándome nuevamente en un espejo roto,
me doy cuenta, como tantas noches de desvelo han desgastado mi rostro. Veo
dormir a todos los refugiados, encontrando
algo de paz en su dormitar, esa paz, que no tienen cuando están
despiertos. Dormir… pero para siempre, abandonándose a ellos mismos, sin
Dios, sin patria y sin padres.
Hoy seguiremos cruzando la ciudad, para mí es muy
importante saber qué camino vamos a tomar, salir de esta encrucijada es la
prioridad, un paso en falso y todo se termina. Y me pregunto precisamente eso
en este momento, porque siento que hemos escogido el camino equivocado. Tengo
la sensación que nos persiguen desde hace rato, nos vigilan como un león que
acecha a su presa. ¿Serán los insurgentes?
Todo esto me agobia. Este calor tan infernal que está
haciendo, y ya ni queda agua para tomar. Me desabrocharé la blusa; pero justo
antes de hacerlo, una morena alta, con su pelo de diferentes tonalidades,
brillante en todos los sentidos; saltó por sorpresa desde un edificio
abandonado que se encontraba al lado izquierdo de nuestro camino. ¡Al suelo!
grito, y luego nubarrones de polvo lo oscurecieron todo.
¡Dios mío! No
podía escuchar absolutamente nada y ciega casi por completo, solo divisaba
sombras que se movían de un lado a otro. ¿Pasarían dos minutos? ¿Diez? ¿Una
hora? No sé, me pareció una eternidad.
Cuándo por fin pude recobrar algo de lucidez, una voz
extraña me dijo:
¿Estás bien?
Solo pude asentir e inmediatamente me grito:
¡Salgamos de aquí!
Y corriendo, pude entender que nos habían emboscado
de nuevo. Aquella mano que me guiaba en medio del fuego cruzado, se convertiría
en el único puente que tenía para salvar mi vida y la de mis compañeros. Así
fue como conocí Adelé, la esperanza, a la que nos
aferraríamos los refugiados, la mujer que nos daría de nuevo las ganas de
volver a resurgir.
Adelé, orgullosa de su piel, de sus creencias y sus
tradiciones, provenía de uno de los clanes más importantes de la margen
izquierda del rió Nervión. Su padre, de ideología separatista y radical a
morir, era líder del clan Mursi; una de las familias fundadoras de nuestro
pueblo. Adelé, que al contrario de su padre, era pacifista, nunca estuvo de
acuerdo con el rumbo que tomo la revolución de nuestro pueblo; y sobre todo de
las injusticias que su padre cometió. A este, solo le bastó un movimiento de su
mano para apretar el gatillo que segó la vida de mi madre, esa noche de abril,
que convirtió la sala de mi casa en un pequeño mar de sangre.
Atormentada por los recuerdos de una brutal infancia al
lado de su progenitor y asqueada de las injusticias de este; armada de valor
decide buscar la paz que desde siempre le fue negada a su generación, para así
ayudar a los más débiles en busca de un mejor porvenir. Irreverente y
contestataria, su pelo radiante de colores chillones, su forma de vestir, de
moverse y de expresarse; se revelaban contra la tristeza y el dolor que
invadían a nuestro pueblo por causa de la guerra. Adelé nos ofrecía una luz,
nos brindaba algo a que aferrarnos.
Se volvió enemiga número uno de los insurgentes. La querían
muerta a toda costa. Ella nunca pasaría desapercibida y más aún en un lugar,
donde todo lo que nos acostumbramos a ver de día y de noche fue llanto, dolor y
muerte. Pero lastimosamente, fuimos acorralados por el fuego de los
insurgentes, nos hallábamos en un callejón sin salida. ¿Que seguiría ahora? Yo
era una cobarde y quería ayudar a otros a escapar, que irónica es la vida.
Atrapados en un edificio abandonado, mi mente nublada no me
dejaba pensar hacia que rumbo debíamos tomar, pero mi mirada se cruzó con la de
Adelé, ella noto mi intranquilidad.
¡Confía en mí! Me dijo. Debes estar tranquila, pues todo va
estar bien.
Inmediatamente mis recuerdos me transportaron a esa noche
de abril en que mi madre murió entre mis brazos.
Adele: Ahora empiecen a caminar lentamente hacia la puerta
trasera y salgan de uno en uno.
Y cuando ya estábamos a punto de salir, sentimos que la
puerta principal fue derribada de un fuerte golpe. Una figura delgada y de
altura mediana entro por esta, tenía totalmente cubierto el rostro y apuntando
con su arma a Adele dijo con furia:
Nuestra labor es eliminar cualquier intento de oposición a
nuestra revolución. ¡Ríndanse! exclamó, o los matamos a todos.
Cara a cara con la muerte, Adele, sacó el arma blanca que
tenía escondida en su espalda y lo ataco, logrando solo desgarrar su
pasamontañas. Una gran sorpresa nos llevamos, cuando detrás de esa mascara se
vislumbró un rostro femenino, se veía que era una mujer hermosa, pero con una
mirada llena de odio. En su uniforme había un nombre: Carla
Carla creció en una humilde familia como la mayoría de
hogares de la margen izquierda del rió Nervión, desde muy pequeña sus padres le
inculcaron un gran amor por la literatura. Pero está, a diferencia de Adelé,
tenía muy en el fondo una herencia maldita que le recorría las venas. Desde muy
pequeña, Carla se sintió extranjera en su hogar, el gen maldito que siempre
llevo en su sangre fue más fuerte que el amor que sus padres le dieron. Ese
otro yo, ese pasajero que estaba allí dentro de ella, ese estigma en su
interior fue lo que siempre la separo de sus padres.
Y al tener que presenciar día y noche las atrocidades de la
guerra, algo empezó a cambiar en su interior. Un deseo dañino y pérfido, fijo
su atención hacia el caos. ¿Que era esta fascinación por la muerte? ¿Esta
excitación por la sangre? ¿Esta euforia? Sus pupilas se dilataban al ver las
crueldades de la guerra, su piel se erizaba con el llanto ajeno, su corazón se
aceleraba al ver el sufrimiento de sus semejantes. ¿Era correcto sentirse así
por dentro? Se preguntaba Carla. ¿Placer por todo este caos? ¿Por qué? Así era
y tenía que admitirlo; cargaba un estigma en su cuerpo y se sentía bien ante
tanta crueldad.
Al tener que satisfacer ese animal que se la comía por
dentro, cayó en la locura. La misma que rodeaba a todos aquellos insurgentes
que tanto dolor dejaban a su paso. Se fue en contra de su propio pueblo para
satisfacer sus demonios. Los libros que le regalo su padre y el amor por la
literatura, quedaron en el olvido. Marchitos quedaron los recuerdos al lado de
él, pescando; buscando el sustento para el diario vivir.
Esta misma fascinación y excitación se vio reflejada en sus
ojos cuando Adelé casi la mata a navajazos.
Ciega de locura, nos disparó sin tregua con la única intención de matarnos. Una
blanca y una negra. Adelé y Carla. En sus almas, una refleja a la otra. Una,
vida y otra, muerte. Caín y Abel o Abel y Caín. Una nuestra salvadora, la otra
nuestro verdugo. Mis dos hermanas de raza, se encaminaban hacia una disputa por
hacer valer sus ideales, lo cual acabaría en convertir a la margen izquierda
del rio Nervión en el infierno más horroroso sobre la tierra.
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