Niños
nacidos sin suerte. El gesto amargo y las cicatrices en nuestra piel, eran la
marca de años de opresión de nuestros padres y abuelos. Cansados
de ver a sus hijos pasar penurias, de no verlos reír en las escuelas, de
acostarlos con los estómagos vacíos, de no verlos jugar en navidad. Motivados solamente
por el odio, mis hermanos y yo, apoyamos totalmente a nuestros padres cuando
decidieron empezar una lucha armada en busca de quitarse el yugo de nuestros
opresores
Acostumbrados
a ver todo gris. Cada paso que dieron desde pequeños fue con miedo. Pero,
conforme se fueron encontrando con la cruda realidad, esta; los volvió más
fuertes. Tienen ese sentimiento de ebriedad permanente, que solo la
desesperanza y el no futuro pueden otorgar. Su mayor maldición, es a la vez,
su gran libertad. Cabalgando hacia la muerte, mis padres como muchos otros
hombres valientes de mi pueblo, con un ideal honorable como bandera, decidieron
lanzarse a la guerra en búsqueda de la libertad.
Pero
como siempre ha pasado en las revoluciones, o por lo menos de las que la
historia tiene registro, estas nunca acaban bien. Y por el contrario, casi
siempre terminan siendo peor que el sistema opresor que quisieron derrumbar. Mi
padre, que siempre fue fiel a sus ideales hasta el día de su muerte, al no
estar de acuerdo con el exagerado baño de sangre que sus camaradas estaban
efectuando, prefirió traicionarlos. Aunque eso le costara su propia vida y su
familia pagara el peor precio de todos. Envueltos en banderas de rebeldes e
himnos de libertad, los que un día decidieron luchar al lado de mis padres por
los derechos de sus hijos, utilizaron esto como excusa para robar y matar.
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